PASO VIEJO Y ZARAGOZA.

PASO VIEJO Y ZARAGOZA.

Relato que hace el asiduo viajero hondureño, Porfirio Hernández (Fígaro) en el mes de septiembre de 1937 plasmado en el libro “Veredas Cumbres y Barrancas. Edición 1947. En su viaje de Martínez de la Torre a Misantla. (Textual)

“ En la mañana   fresca cruzamos el río Bobos a bordo de un chalan. Las aguas estaban lodosas. Al otro lado empieza la selva, en medio del cual se ven ahogados algunos potreros del pueblo. Comenzamos a caminar por la orilla del rio. El aroma de las  flores nos envuelve. A la derecha, siempre avizor se alza el Cofre de Perote pero ¡cuán lejos!. Antes de llegar a él, la vista se esparcía por entre esa variedad de cerros, colinas y hondonadas que son típicas de la región. Sólo con mucha dificultad distinguimos el cerro de Teziutlan. Enfrente la sierra va alzándose hasta tocarse con las nubes. Por ahí está Jalapa, se nos dice. Nuestra jornada de hoy nos llevará apenas hasta el pie de la sierra, en donde se halla Misantla. Pero antes hay que cruzar ríos y subir cuestas  y bajar hondonadas. El arriero que es un campesino simpático como los de todos de estos rumbos, se ha mostrado inquieto desde el principio. Nos asegura que el camino está muy malo y desea  que aprovechemos el tiempo antes de llegar a los lodazales porque si llueve…Pero nosotros creemos que sólo se trata de aumentar la importancia de su trabajo. Pronto vamos a darnos cuenta que tiene razón. Mi caballo que ha tomado su carga con resignación, no quiere darse prisa  y echa, al paso tarascadas al zacate guinea que bordea el camino en grandes matojos.

– Si sigue  usted así, no llegamos dice el arriero.

Pero yo dejo al noble cuadrúpedo que arranque sus bocado . “Es –pienso- como unos de esos empleados federales que se echan su “taco” en medio de la tarea. ¿ Quién puede impedir que un pobre caballo de alquiler que se “eche su taco”?.

El campo está llenó de guajilotes, que exhiben el desgaire y colgados de su tronco a la manera de bellotas del cacao, sus frutos amarillos y pastosos. El otate, o bambú indígena forma por todas partes matorrales, que elevan hasta una altura de veinte  y treinta metros sus renuevos puntiagudos. Durante todo el día caminaremos entre plantas de esta especie. A veces se ven aislados, a veces se entrelazan y llenan todo el espacio del bosque no dejando a otras plantas posibilidad de desarrollarse. Su  lucha a  muerte, en que los débiles, como siempre, salen derrotados. Antes del mediodía  del día estamos ya  en Paso Viejo, región cafetera y vainillera. En los patios hay secaderos de cemento en que se seca el café y las vainas verdes, que, poco a poco van dorándose, hasta quedar listas para la exportación. En este lugar descubrimos un terreno propicio para el cultivo de la naranja.

Las naranjas abundan por la región.Foto: Walpaperflare

Comparamos a centavo de aquellas que pueden considerarse como la reina  de las frutas y las chupamos ávidamente para mitigar el calor. Son de las que llaman naranjas de manila y que tienen una cascara verde, no obstante la cual son tan dulces como un terrón de azúcar. Pronto ya no tenemos ni que comprarlas, porque los arboles crecen a la orilla del camino, como abandonados y no hacemos más que alargar la mano para cogerlas. “Dichosa edad y dichosos tiempos dichosos- dice don Quijote y se me viene a la mente-en que lo tuyo era mí o  y mío tuyo”.  Antes de una hora y después de bordear el rio Quilate, llegamos a Zaragoza, otra población cafetera del trayecto. El sol cae desde el  cenit y sus rayos parecen torrentes de fuego. Pero las naranjas  están allí que neutralizan sus efectos al verter su jugo delicioso en nuestro estomago. Cada veneno tiene su contraveneno en estos parajes. Hay que subir la cuesta de Poxtitlan.

Así luce la comunidad de Poxtitlan actualmente. Foto :Fotoamany

Entonces entendemos los temores del arriero. El camino está intransitable por las lluvias recientes. Vale que el sol pega fuertemente  y que el lodo va oreándose con rapidez. Pero aun así, las bestias se hunden hasta el ijar en barro pegajoso y hay que ir lentamente, si no quiere uno quedarse ahí clavado. Los animales que ya están  acostumbrados a este medio, olfatean primer el suelo, tantean con los cascos y no adelantan una pata y no hasta estar seguros  de que han de poder de seguir adelante sin resbalarse. En algunos sitios, pensamos: diez minutos de lluvia y el lugar se volverá impasable.”

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